martes, 15 de agosto de 2017

¿Tiene sentido que exista el feminismo?

Por Silvia Quintero

Los feminismos y sus reivindicaciones son frecuentemente criticados por muchas personas y en distintos sectores de la sociedad, desde los cuestionamientos más “académicos” hasta los comentarios cotidianos que suelen ocurrir en las burlas entre amigos.


Así también, cuando una mujer lastima, hiere o asesina a un hombre se supone que estamos ante la prueba fehaciente de los peligros del feminismo: el feminazismo acecha. Como si cualquiera de esas situaciones fuera efectivamente consecuencia de un sistema histórico con raíces profundas que haya atacado, asesinado, violado, mercantilizado, explotado o que haya negado el acceso a derechos básicos a los hombres o las personas con piel blanca.



El feminismo no quiere imponer un matriarcado basado en la violencia contra el hombre, como ha sido el patriarcado hasta ahora. No desea dejarlos sin voto, ni violarlos en las guerras, ni mutilar sus genitales en pro de una tradición cultural, ni confinarlos en el ámbito doméstico, ni quiere matarlos por adulterio. El feminismo no pretende que los hombres sean propiedad de sus madres y luego de sus mujeres, ni desea que los hombres cobren salarios más reducidos, ni tampoco querría desterrarlos de las cúpulas de poder mediático, empresarial y político. No quiere traficar con cuerpos masculinos para el disfrute de los femeninos, ni desea que los niños varones estén desnutridos o abandonados en orfanatos, ni, por supuesto, promovería su marginación social o económica. Tampoco vetaría que los niños varones pudiesen ir a la escuela, ni les prohibirían el acceso a la sanidad y la Universidad. Comprendan que eso es una locura que no promueve el feminismo.
   


Coral Herrera Gómez



Los feminismos y sus reivindicaciones son frecuentemente criticados por muchas personas y en distintos sectores de la sociedad, desde los cuestionamientos más “académicos” hasta los comentarios cotidianos que suelen ocurrir en las burlas entre amigos. Me parece que muchas veces, tales críticas provienen en realidad de tergiversaciones con respecto a las apuestas que los feminismos se han planteado a lo largo de la historia y que existe además una dinámica por la cual muchas personas se han adjudicado el derecho a opinar tajantemente sobre estas cuestiones, aun cuando en realidad las conclusiones que tienen, aparentemente lógicas y eruditas, solo demuestran lo poco que se han dado la oportunidad de conocer los problemas y propuestas presentes en el vasto mundo del pensamiento feminista.
Así, se pueden encontrar innumerables ejemplos en lugares que van desde los medios de comunicación, pasando por videos que circulan en internet, afirmaciones cotidianas en redes sociales o grupos dedicados a opinar en contra del feminismo y que se mueven entre la ridiculización más banal hasta la invención de términos como el de feminazismo. Creo que hay algo preocupante en la manera cómo se propagan estas opiniones que tienen la apariencia de ser sensatas o lógicas, pero que al final son, sobre todo, una forma de estigmatización y se convierten, además, en un obstáculo en el camino hacia pensar una sociedad más justa con todas las personas. Por eso, me gustaría referirme a algunas de esas críticas –falaces- al feminismo1.
Que el feminismo promueve el odio hacia los hombres
Francamente, yo no he leído ningún texto feminista, ni he visto grupos de mujeres que afirmen una cosa semejante y en esos términos. Creo, en cambio, que esta percepción proviene de la manera como las mujeres reaccionamos o interactuamos con los hombres. He visto que algunos hombres se han sentido “discriminados” o “rechazados”, por la actitud defensiva y en ocasiones supuestamente agresiva de algunas mujeres. Hace tiempo, un amigo me contaba cómo en una reunión donde se discutían asuntos relacionados con buscar estrategias para contrarrestar la violencia contra las mujeres, no se le permitió hablar. También, cómo una vez intentó dirigirse a una mujer desconocida en el transporte público para cederle una silla y ella no solo no aceptó, sino que su reacción inmediata fue bastante agresiva.
 Entonces aquí el problema se mezcla de paso con otra afirmación típica contra el feminismo y es la de “siyo nunca he violentado a una mujer ¿por qué me tienen que tratar así?”. No me interesa cuestionar la veracidad de la idea de que un hombre cualquiera “jamás” haya violentado a una mujer, pero creo que la percepción de estos hombres probablemente cambiaría si vieran las cosas desde una perspectiva distinta.
Por ejemplo: nuestra experiencia en el espacio público está mediada por distintas cosas que hacen que nos convirtamos en blanco de formas de discriminación y violencia. Entonces, ser mujeres en el espacio público implica una cuota específica de situaciones, que generalmente nos obligan a formular todo tipo de estrategias con el fin de evitar que nos manoseen, tener que escuchar los mal llamados “piropos”, que nos cierren el paso al andar, que nos acorralen, que nos persigan o que nos violen2.
Mientras tanto, en escenarios como los del intercambio de ideas, en debates académicos o entre amigos y amigas, es bastante común que seamos interrumpidas. Por supuesto, esta no es una experiencia que vivamos únicamente las mujeres, pasa también con los niños y niñas por ejemplo y, en general, con quienes ocupan un lugar de “inferioridad” en determinadas situaciones sociales y relaciones inevitablemente mediadas por el poder.
Así, para mí no es poco común que un hombre intente explicarme cosas que sé hacer, o que me interrumpa constantemente cuando hablo. Cuando tomo un taxi, el taxista parece asumir que no tengo idea de a dónde voy o cuál es la mejor ruta para moverme y, si voy con un hombre, esperarán siempre las orientaciones de él y no las mías para saber a dónde vamos o cuál es el camino, aun cuando la mayoría de las veces yo sepa perfectamente a donde voy y qué ruta prefiero tomar.
Pero esos son en realidad ejemplos banales comparados con la realidad violenta que afrontan miles de mujeres, por vivir una realidad que las sitúa inmediatamente en un lugar subordinado. Las mujeres perciben en promedio salarios inferiores que los hombres por igual trabajo, son quienes siguen asumiendo la mayor parte de las cargas de trabajo dentro de los hogares, suelen ser las principales responsables del cuidado de otros dentro y fuera del ámbito privado, son –con mucho- las principales víctimas de violencia sexual y un largo etcétera de circunstancias que han dado lugar a la aparición de los feminismos.
Por eso, si bien es perfectamente posible que muchas mujeres actuemos a la defensiva o incluso de una manera agresiva en nuestra relación cotidiana con los hombres, no entiendo por qué eso se ha convertido en una razón para afirmar que el feminismo promueve el odio hacia ellos, en lugar de comprender que nuestras reacciones son consecuencia, no del feminismo, sino del machismo con el que tenemos que lidiar constantemente.
He visto a muchos hombres reaccionar de maneras tremendamente agresivas ante circunstancias mucho menos desagradables que las que he tenido que vivir como mujer en el espacio público y he visto también a esos mismos hombres sentirse ofendidos por nuestras actitudes como si fueran un disparate salido de la nada.
Esto no quiere decir tampoco que creamos que existe una conspiración maligna en donde hay unas personas –principalmente hombres-, que se levantan cada día pensando en cómo van a hacerles daño a las mujeres.
Que el patriarcado no solamente violenta a las mujeres
Está más que claro que las mujeres también podemos en determinadas circunstancias promover ideas o actitudes que contribuyen a reproducir el machismo (sobre esto volveré más adelante). Ni se trata de negar la existencia de violencias que afectan a los hombres o que vivimos las personas en función de razones distintas al género ¿de cuándo acá denunciar la violencia contra las mujeres significa al mismo tiempo negar que otras personas tienen que soportar también las consecuencias de la dominación?
Sin embargo, afirmar la especificidad de las violencias contra las mujeres, para muchas personas parece convertirse en una razón para deslegitimar nuestros argumentos en función del hecho de que se supone que existen otras formas de violencia o que el patriarcado no solo afecta a las mujeres3. Es verdad, pero eso no es equivalente a decir que todas las personas viven el machismo de la misma manera ni en igual proporción. La sistematicidad y la forma específica en que se presentan las violencias contra las mujeres y niñas, merece tomar medidas igualmente específicas. No es deseable que eso se traduzca en una manera de invisibilizar las consecuencias del machismo para otras personas y si algo semejante sucediera no debería convertirse en una razón para odiar o deslegitimar al feminismo. Significa en su lugar, la necesidad de asumir la complejidad de la situación y el reto que tenemos para pensar mecanismos que permitan a todas las personas defenderse o, mejor aún, no convertirse en víctimas de ninguna forma de violencia.
Para retomar algo que mencioné anteriormente, hay quienes critican también el feminismo en función de circunstancias como el que haya mujeres que ven a los hombres como objetos sexuales, como bienes de consumo, que critican a otras mujeres cuando no son sumisas ni se adaptan a determinados patrones y en fin… porque “hay mujeres que promueven el machismo y el patriarcado”.
De nuevo, es curioso escuchar este tipo de frases como una forma de criticar al feminismo. De hecho, ver el cuerpo de las personas como un objeto de consumo, además de ser una construcción propia de un modo de producción que mercantiliza absolutamente todos los aspectos de nuestras vidas, es también una práctica que se ha hecho posible en una sociedad machista que pervive con la idea de usar los cuerpos de las mujeres como si fueran cosas. Cuando una o varias mujeres llevan a cabo una práctica similar (si es que tal cosa fuera posible), eso no es consecuencia del feminismo.
Que el feminismo es lo mismo que el machismo, pero a la inversa
Claro, creer una cosa semejante parece una conclusión sencilla en un mundo que vive pensando todo en función de sus opuestos y que es incapaz de darse cuenta que el mundo que los feminismos proponen no es ni remotamente cercano a una sociedad en donde las mujeres pasen a ocupar el rol que los hombres han tenido históricamente, ni desea para ellos el tipo de vida que nosotras hemos tenido que llevar.
Así, aparece la idea de un machismo a la inversa que suele resumirse en términos como el de feminazi o el “hembrismo” y se ha convertido en una forma por excelencia para deslegitimar las reivindicaciones de los movimientos de mujeres y del pensamiento feminista por doquier. Esto se parece bastante también a ese fenómeno con tintes fascistas que quiere convencer a la gente de que existe algo así como un “racismo a la inversa” que se expresa cada vez que una persona negra ataca, hiere o mata a una persona blanca4. Así también, cuando una mujer lastima, hiere o asesina a un hombre se supone que estamos ante la prueba fehaciente de los peligros del feminismo: el feminazismo acecha. Como si cualquiera de esas situaciones fuera efectivamente consecuencia de un sistema histórico con raíces profundas que haya atacado, asesinado, violado, mercantilizado, explotado o que haya negado el acceso a derechos básicos a los hombres o las personas con piel blanca.
Anthony Morgan5 señala cómo, incluso si todas las personas negras y mestizas afirmaran odiar a las personas blancas, nada de eso afectaría las posibilidades que tienen éstas de conseguir un empleo, educación, ni aumentarían las posibilidades de que sean las principales sospechosas cuando un crimen sucede.
Así también, incluso si las mujeres afirmáramos odiar a los hombres, eso no revertiría ni tendría consecuencias inmediatas sobre su realidad material concreta. Vistos así, el feminazismo, el hembrismo, el machismo y el racismo a la inversa no son otra cosa que una invención ridícula que no logra comprender el carácter histórico del fenómeno que los feminismos o los movimientos antirracistas quieren acabar.
Por supuesto que eso no significa afirmar que todos los hombres son malos en sí mismos o que las personas que nacen con “piel blanca” lo sean. Estamos completamente sumergidas/os en una realidad que perpetúa privilegios para algunas/os y desventajas para otras/os.
Por eso, lamentablemente, en este mundo lo más probable es que además de vivir alguna forma de opresión, es casi seguro que todas las personas hemos ejercido alguna forma de violencia, estigmatización o exclusión contra otros y otras. No es posible ser absolutamente consecuente, pero es posible esforzarse por cambiar esas circunstancias.
Lo que tiene sentido es que exista el feminismo, que haya movimientos y reivindicaciones en contra de la discriminación racial, que haya quienes piensan en las consecuencias del poder colonial o el antiespecismo, pues ello implica asumir que siempre esté abierta la posibilidad de cuestionar nuestras prácticas y transformarlas, para que quienes nos sucedan tengan la posibilidad de vivir en una realidad cada vez más justa.

  1. En realidad, hay muchas más cosas a las cuales me gustaría referirme, pero dada la extensión que debe tener este artículo, al menos por ahora abordaré solo algunas. ↩
  2. Sobre la experiencia de las mujeres en el espacio público, es muy interesante el trabajo que se encuentra en la tesis de grado de la arquitecta Claudia Ban Toledo: “La mujer en el espacio público. Urbanismo con perspectiva de género”, en donde quiso  investigar sobre la experiencia de las mujeres en el ámbito urbano, partiendo por analizar la experiencia de las mujeres en el espacio público y su baja o nula participación en la definición del ordenamiento territorial y cómo esto incide negativamente sobre su calidad de vida en la ciudad. Este es el punto de partida a partir del cual Claudia Ban se plantea alternativas para pensar una ciudad con perspectiva de género. Ver: https://issuu.com/claudiabant/docs/la_mujer_en_el_espacio_p__blico._ur  ↩
  3. De paso también parece que al feminismo le correspondiera resolver lo que pasa con las opresiones que viven los hombres y el resto del universo porque vivimos en un mundo profundamente desigual, estigmatizador y violento ↩
  4. “Dear White people, please stop pretending reverse racism is real”: https://www.vice.com/en_us/article/kwzjvz/dear-white-people-please-stop-pretending-reverse-racism-is-real ↩
  5. Abogado y defensor de derechos humanos canadiense. En un artículo para el portal Vice, a propósito del “reverse racism” afirma: “(…) even if all people of colour straight up said they hate white people, it wouldn’t affect a white person’s ability to get a job, an education, or increase the odds that they’d get carded or charged for a crime. “If all white people had that view (of black people), that would have a very dramatic life impact on the material reality of all those people.”. Ver: https://www.vice.com/en_us/article/kwzjvz/dear-white-people-please-stop-pretending-reverse-racism-is-real ↩


viernes, 4 de agosto de 2017

Inca, doctora y paladina del quechua


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La antropóloga cuzqueña Carmen Escalante es la primera doctoranda que defiende su tesis en la lengua de sus antepasados.


EN MARZO de 2017 la antropóloga cuzqueña Carmen Escalante, profesora de la Universidad San Antonio Abad del Cusco, defendió en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla la tesis doctoral Rugido alzado en armas. Los descendientes de incas y la independencia del Perú. La noticia en sí no tendría mayor trascendencia de no ser porque la doctoranda era ella misma descendiente directa del inca Yáwar Huácaq, porque las fuentes de su investigación eran documentos coloniales atesorados por su familia desde 1545 y porque defendió su tesis en quechua, el antiguo runa simi de los incas.
Así, ante un tribunal compuesto por profesores de las universidades de Murcia, La Sorbona y Loyola Andalucía, Carmen Escalante pronunció su discurso en quechua mientras proyectaba la traducción española del texto. Su gesto tuvo un enorme valor simbólico por tres razones: primero, porque le dio visibilidad a un idioma que todavía hablan en los Andes 10 millones de personas; segundo, porque en su propia alma mater no habría podido defender su tesis en la lengua de los incas y —tercero— porque hablar en quechua en la vieja metrópoli era una suerte de justicia poética para sus antepasados.
En 1550 Francisca Pizarro Yupanqui —nieta del inca Huayna Cápac e hija natural del conquistador Francisco Pizarro— fue enviada a Trujillo de Extremadura y obligada a contraer matrimonio con un tío carnal. En la fachada del palacio de la Conquista todavía permanece una escultura de doña Francisca, quien acabó convertida en personaje de Tirso de Molina. Por otro lado, en 1603 Ana María de Loyola Coya —nieta del inca Sairy Túpac e hija del gobernador Martín García de Loyola— fue enviada a Valladolid e instada a casarse con Juan Enríquez de Borja, con quien fundó el marquesado de Oropesa. Los hijos del matrimonio emparentaron así con los fundadores de los jesuitas y los incas del Cusco. Ambas mujeres fueron desterradas para que su descendencia nunca llegara a ser agente de conflicto, pero también se fueron de los Andes hablando quechua, un idioma que desapareció con ellas y que otra mujer inca no volvió a usar en España hasta la defensa de la tesis doctoral de Carmen Escalante.
Según el catedrático Juan Marchena —director de tesis de la antropóloga cuzqueña—, la defensa de Rugido alzado en armas no sólo ha supuesto la primera sustentación doctoral en quechua de Europa, sino el comienzo de una serie de defensas que van a permitir que doctorandos americanos puedan sustentar sus doctorados en sus respectivas lenguas aborígenes. Juan Marchena se muestra exultante, pues para septiembre está prevista la defensa de una tesis en aimara.
Mientras tanto, Carmen Escalante ha regresado a sus investigaciones cotidianas en Cusco, donde ha reeditado la Autobiografía de Gregorio Condori Mamani (Ceques. Cusco, 2014), un clásico quechua escrito al alimón con su marido, Ricardo Valderrama, antropólogo eminente, profesor de la San Antonio Abad del Cusco y él mismo descendiente del inca Túpac Yupanqui. Los incas ya no combaten, pero se doctoran, enseñan en la universidad y defienden el quechua.

http://elpaissemanal.elpais.com/documentos/inca-doctora-quechua/?id_externo_rsoc=FB_CM

jueves, 3 de agosto de 2017

¿Qué es ser un machista de izquierda?

Machismo de derechas & Machismo de izquierdas
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Danilo Castelli
http://www.revistaanfibia.com/

¿Acaso es más solidario el machista de izquierdas que sus iguales de derecha? En este texto se analizan las actitudes que, bajo un paraguas pseudo bien pensante, esconden los mismos sesgos discriminatorios hacia las mujeres.

Este listado contiene pensamientos y actitudes de machismo de izquierda. Algunas mías; y otras que he visto en distintas personas. ¿Cuándo soy, entonces, un machista de izquierda? :

Cuando siempre tengo preparado el término “burgués”, “pequeñoburgués”, “liberal” y “posmoderno” para descalificar al feminismo que me incomode, corresponda o no la caracterización.

Cuando coincido con la gente de derecha en preguntar “¿por qué feminismo y no igualismo?”, lo cual indica que ni siquiera me importa el tema para hacer una búsqueda en google pero me siento amenazado o desplazado por un movimiento que pregona la libertad y el poder para las mujeres.

Cuando minimizo o rechazo las luchas feministas diciendo “el verdadero problema es el capitalismo” (y de esa manera demuestro mi ignorancia sobre cómo se articulan capitalismo y patriarcado y sobre la influencia reaccionaria que tiene el machismo sobre la clase trabajadora).

Cuando coincido con la derecha en naturalizar la heteronormatividad y los roles de género.

Cuando no puedo dejar pasar la ocasión de decir “el verdadero problema es de clase” cada vez que se dice algo desde una perspectiva de género.

Cuando, así como los machistas de derecha quieren negar el patriarcado al buscar ejemplos de mujeres que agreden hombres o falsas denuncias o situaciones donde los hombres sufren más que las mujeres, yo busco situaciones de feminismo burgués o blanco o misándrico para justificar que la izquierda no tiene nada que aprender del feminismo.

Cuando soy muy revolucionario hablando de capitalismo y socialismo pero me convierto en “pragmático y realista” hablando de machismo y feminismo.

Cuando digo que el socialismo no tiene nada que tomar del feminismo porque “la cuestión de la mujer” ya estaba planteada en algún texto socialista de siglos pasados.

Cuando en vez de escuchar a una compañera para aprender, espero a mi turno para hablar. Cuando digo que como el socialismo está contra toda opresión no hace falta ser feminista.

Cuando hago “mansplaining”, o sea explicarle de manera condescendiente a una mujer lo que ella ya sabe (a menudo, interrumpiéndola), asumiendo que sin mi explicación no caza una.

Cuando cometo “gaslighting”, es decir, manipular el sentido de realidad de una mujer, poniendo en duda su memoria, percepción o cordura, porque no dice lo que yo quiero escuchar.

Cuando solo veo al machismo en sus manifestaciones más visibles y explícitas (feminicidio, trata, violencia doméstica, violaciones, discriminación laboral) y me niego a verlo en sus manifestaciones más sutiles (acoso sexual callejero, inequidad en el reparto de las tareas domésticas, microviolencias, violencia simbólica).

Cuando denuncio con fuerza los actos de machismo cometidos por burgueses, políticos, figuras públicas y hasta dirigentes de otros partidos pero me hago el distraído sobre el machismo en mi clase social, en mi laburo, en mi organización.

Cuando solo denuncio el machismo y la homo/transfobia de políticos, empresarios, comunicadores, policías u otros agentes directos de la opresión y nunca interpelo al machismo de los varones de clase obrera en general, ni el de mis compañeros de partido en particular.

Cuando descalifico las luchas feministas que me molestan apelando al “feminismo de antes” o haciéndome el erudito sobre el “feminismo de la tercera ola”.

Cuando creo que la solución del machismo pasa únicamente por realizar ciertas reformas institucionales y un poco de “concientización”, y excluyo la revisión de mis privilegios masculinos y mi propia autotransformación.

Cuando intelectualizo las discusiones desde un lugar de “objetividad científica” como excusa para no empatizar con el punto de vista “demasiado subjetivo” de las víctimas del machismo.

Cuando le doy más valor a mis opiniones sobre el género y la diversidad sexual que a las experiencias de mujeres y gente LGBT. Cuando la juego de “escéptico” como excusa para no investigar concretamente sobre el tema ya que… ¿quién necesita datos si ya tiene la teoría revolucionaria? Marx, Lenin, Bakunin, entre otros, ya dijeron todo lo que había para decir sobre la emancipación humana.

Cuando ridiculizo las reivindicaciones feministas/LGTB por “exageradas”, sin hacer el mínimo esfuerzo por ponerme en el lugar de las personas marginadas. Por ejemplo cuando se minimiza el acoso callejero o la falta de libertad de parejas gay a darse muestras de afecto en público porque no son reivindicaciones “obreras”.

Cuando ante un caso de acoso sexual callejero me fijo la clase social de víctima y victimario para decidir si lo repudio o no. Como si el acoso callejero de un obrero a una mujer de “clase media” fuera un episodio más de la lucha de clases y no de la violencia machista…

Cuando demuestro incomodidad y me pongo hostil ante la crítica radical del machismo, tomándome todo a personal y diciendo cosas como “yo no tengo la culpa de siglos de opresión”.

Cuando todas mis posiciones sobre el tema están diseñadas para no quedar pegado a la derecha, pero sin que eso implique un compromiso real de mi parte.

Cuando me creo con el derecho de emitir cualquier opinión ignorante, prejuiciosa, y paranoica sobre temas de sexo-género, y tomo la actitud de hablar sin estudiar ni investigar ni preguntar lo que se critica.

Cuando investigo solo lo suficiente para aprenderme algunos términos (como “feminismo de la tercera ola”) y aparentar erudición con el objetivo de conservar mis opiniones previas.

Cuando señalo el hecho -verdadero- de que hay machistas en las organizaciones de izquierda porque sus miembros también vienen de la sociedad capitalista y patriarcal a la que combaten, pero lo hago para justificar ese machismo en los compañeros y no para arrimar mi hombro a la tarea de desafiarlo y erradicarlo.

Cuando digo “después de la revolución vemos”.

Cuando ante una expresión de odio y de ira por los asesinatos y el discurso que minimiza la violencia hacia la mujer y la gente LGBT, me pongo desde un lugar progre a dar sermones del tipo “esa no es la manera, hay que educar”. Total, yo no soy quien debe convivir con la impotencia y con la tristeza de pertenecer al grupo vulnerado.

Cuando pongo más énfasis en criticar al feminismo por cómo comunica sus ideas que a la cerrazón mental machista de la mayoría de los varones, producto de privilegios y no solo de “ignorancia”.

Cuando me enojo con las propuestas de discriminación positiva o cupo para mujeres y gente LGBT y las rechazo con argumentos meritócratas que creo no-burgueses (idoneidad, esfuerzo, lucha).

Cuando, desde mi comodidad como mayoría simbólica, rechazo las medidas de cupo femenino en la política diciendo “que haya más mujeres en la política no va a mejorar la situación de las mujeres trabajadoras”.

Cuando me quejo “me discriminan por ser hombre” porque las mujeres tienen espacios propios donde no se permiten hombres, negándome a entender por qué ni para qué los necesitan. Lo mismo con “me discriminan por ser hétero” en referencia a espacios exclusivamente LGBT.

Cuando hago ultimátums para optar entre lucha feminista y lucha de clases.

Cuando digo que el estudio de teoría feminista y su aplicación para la transformación personal y de las relaciones sociales son cosas de “clase media acomodada”. Como si el grado de embrutecimiento mental y emocional de la clase obrera fuera un rasgo plebeyo a glorificar por los revolucionarios. Como si la violencia en las relaciones familiares y de pareja sumada a la violencia al distinto nos quitase un montón de energía para la lucha por nuestra liberación.

Cuando doy rodeos intelectuales con muestras de erudición para esquivar planteos que me interpelan personalmente.

Todo esto no es ningún secreto. Lo han vivido muchas mujeres, gays, y gente trans: no hay nada más parecido a un machista de derecha que un machista de izquierda. 


Fuente:http://www.revistaanfibia.com/ 

Sobre el autor: Danilo Castelli, programador y estudiante de sociología.